La imagen que acompaña este texto muestra a un niño ibicenco aprendiendo a gobernar una barca. No es una escena simbólica ni una metáfora: es la realidad de una tradición que existe desde mucho antes de que existieran normativas, despachos o titulares. Es la herencia viva de una isla que siempre ha mirado al mar no como un recurso, sino como parte de su identidad.
Sin embargo, hoy esa identidad está siendo cuestionada por decisiones impulsadas desde el Ayuntamiento de Ibiza que están generando alarma entre vecinos, familias marineras y propietarios tradicionales de embarcaciones. No se trata de percepciones ni de exageraciones: se trata de medidas que, en la práctica, están desplazando a quienes llevan toda la vida vinculados al litoral, como si fueran un problema a resolver en lugar de una realidad que proteger.
Se está construyendo un relato peligroso. Un relato que presenta la presencia histórica de vecinos en el mar como si fuera un desorden reciente, una anomalía o un abuso. Y eso no solo es injusto: es profundamente falso desde el punto de vista histórico y social. Antes de que existieran ordenanzas modernas, antes de que el litoral se transformara urbanísticamente, antes incluso de que algunas playas fueran configuradas artificialmente, ya estaban allí las pequeñas embarcaciones tradicionales y las familias que las utilizaban.
El problema no es la legalidad. El problema es cómo se aplica. Cuando las normas se usan sin tener en cuenta la historia, el contexto y la realidad social, dejan de ser instrumentos de convivencia para convertirse en herramientas de desplazamiento. Y eso es exactamente lo que muchos ciudadanos perciben hoy: que se está sustituyendo una cultura viva por un modelo que no tiene raíces en la isla.
El Ayuntamiento de Ibiza tiene la responsabilidad de gobernar para todos, no solo para un modelo concreto de uso del litoral. Gobernar no es borrar lo que existe, sino integrarlo. Proteger el entorno no significa expulsar a quienes lo han cuidado durante décadas. Ordenar no puede ser sinónimo de desalojar.
Porque cuando se aparta a la gente del mar, no se está gestionando un espacio: se está rompiendo una cadena de transmisión cultural. Se está diciendo, en la práctica, que la tradición vale menos que la conveniencia administrativa. Y eso tiene consecuencias que ningún informe técnico puede medir.
Si esta deriva continúa, llegará el día en que a los niños de Ibiza les resulte más fácil aprender a esquiar que aprender a navegar en el mar donde nacieron. Ese día no será una anécdota. Será la prueba de que algo esencial se perdió.
El mar de Ibiza no es un decorado. Es historia, es comunidad y es memoria colectiva. Y ningún pueblo debería aceptar que se le aparte de aquello que le define.