Es ya evidente que el asunto del golf ha pasado la fase de ser un tabú y se halla en el centro de un proceso de debate social del cual tiene que surgir una postura definitiva sobre su idoneidad o no para un enclave geográfico como Eivissa, tan condicionado por las limitaciones insulares.
Hoy por hoy, y analizados los comportamientos de la industria vacacional, hay pocas cosas que los destinos turísticos puedan hacer para mejorar sus perspectivas de negocio y dar estabilidad a los temidos vaivenes del mercado y los embates de la cada vez más implacable competencia. Seamos realistas: un turista alemán o británico no siente la misma pasión que los nativos por la cultura o la personalidad de los pueblos a los que acuden en tropel cada verano, cuando les llega su descanso anual; buscan, principalmente, descansar y disfrutar de su tiempo de ocio. Y es en este último punto en el que hay que incidir, una vez que todos estamos de acuerdo en que el primero es el más fácil de satisfacer.
Eivissa no es Florencia ni París, que pueden permitirse el lujo de tener un tipo de turista contemplativo, dispuesto a extasiarse principalmente a través de los sentidos en la inmensidad de su historia. Eivissa es más modesta: tiene la suerte de disponer de una pequeña dosis de historia y pensar que se puede vivir exclusivamente de esto es ser poco realista.
Hay que vencer la tentación, por otro lado tan ingenuamente extendida, de idealizar a un tipo de turista, de pensar que hay un visitante modelo que puede llenar la planta hotelera con el simple objeto de disfrutar del sol, la playa, la gastronomía y la historia local, el turista que hará olvidar aquel que ha venido a divertirse en sus discotecas y a tenderse al sol. Desgraciadamente, la economía es no engañarse y la realidad dice que hay que ampliar el campo de acción, pero hay que hacerlo con sentido común, por supuesto.