Como suele ocurrir a menudo, la naturaleza nos da la pauta de lo que verdaderamente es importante y urgente, dejando en un segundo plano los asuntos domésticos, partidistas o políticos. Esta vez han sido tres países asiáticos, Pakistán, la India y Afganistán, los que han sufrido el golpe certero de una madre naturaleza que no quiere dejar que la olvidemos. Un terremoto de enorme magnitud ha arrasado aldeas y pueblos, dejando a su paso la escalofriante cifra de treinta mil muertos, miles de heridos y, por supuesto, miles de familias abandonadas a su suerte. Una vez más, desde nuestro confortable mundo occidental contemplamos la catástrofe en clave de incredulidad, pero la desesperación más pura queda lejos.
La mayoría de los países ha anunciado ayuda inmediata para socorrer a los afectados, y entidades como el Banco Mundial ya han ofrecido créditos para la reconstrucción y también para las labores de emergencia.
Así que de nuevo se nos plantea a todos una realidad incontestable: no lo estamos haciendo bien. Es cierto que nadie, ningún país, está preparado para hechos de este calibre -Estados Unidos lo acaba de demostrar al paso del huracán «Katrina»-, pero también es verdad que dejar en manos de las organizaciones no gubernamentales la ayuda internacional, el amparo de los más pobres, de los enfermos y de los débiles, es un error gigantesco. Porque a la hora en que el dolor y la muerte golpean -y golpean con una cadencia odiosa- la ayuda bienintencionada de grupos privados no basta.
Es la raíz del problema la que hay que atacar, con planes universales que garanticen el desarrollo, la democracia y el progreso en todos los rincones del mundo. Tengan el color, la religión y la cultura que tengan.