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Show Must Go On

Concierto | Foto: Pixabay

| Ibiza |

El 14 de octubre de 1991, apenas seis semanas antes del fallecimiento de Farrokh Bulsara, más conocido como Freddie Mercury, vocalista y pianista de la legendaria banda de rock británica Queen, se publicaba la canción obra de Brian May, guitarrista del grupo, The show must go on, lo que resultaba premonitorio de cuanto estaba por acontecer, mucho más cuando iba acompañada, en su cara b, por el tema Keep Youlsef Alive, primero de los sencillos de la icónica formación incluido en el álbum A night at the opera, en el que también se incluía Bohemian Rhapsody, canción que dio título a la película biográfica sobre la banda estrenada en 2018. La fusión de ambos temas encajaba a la perfección como muestra de una clara contradicción entre dos posiciones radicalmente antagónicas. Mantenerse vivos o prepararse para lo inevitable. Un oxímoron que mostraba la confrontación entre la vida y la muerte, el amor y el odio, el bien y el mal, la luz y la oscuridad.

Tras el pistoletazo de salida de una nueva temporada estival y colocado ya el cartel de abierto sobre el mayor parque de atracciones para adultos del mundo, puede vislumbrase a nuestro alrededor una contienda entre esas dos mismas fuerzas opuestas y divergentes en distintos ámbitos de nuestra vida cotidiana. Así, mientras que unos, movidos por sus propios y legítimos intereses económicos, pretenden que el negocio se estire todo lo posible como un chicle Boomer, otros cuyo sustento no depende de ello de forma directa o indirecta, sino que tan solo sufren las graves consecuencias del encarecimiento del coste de la vida que todo este circo conlleva, recelan del mismo periodo incluso antes de comenzar. Mientras que afloran plataformas en contra del crecimiento urbanístico a costa de la más cruel destrucción del territorio no edificable, algunos colectivos reclaman incesantemente la adopción de medidas que palien el grave problema habitacional que les aboca a tener que habitar en tiendas de campaña. Mientras que se adoptan medidas para evitar la saturación y preservar la sostenibilidad y calidad de la isla restringiendo la entrada de vehículos y caravanas e incluso sancionando su estacionamiento en zonas prohibidas, otros consideran que se limita injustamente su derecho a habitar en un vehículo adecuado a tal fin. Mientras que algunos visitantes desean disfrutar de la puesta de sol más comercial del mundo con excepcionales vistas de Es Vedrà, algunos sufren el caos circulatorio que ello provoca en sus inmediaciones o la invasión sin escrúpulos de los terrenos de su propiedad. Mientras que por unos se reclama la organización de más actividades deportivas que supongan una alternativa al turismo de ocio nocturno, otros tan solo ven molestias derivadas de los cortes de las carreteras que tales pruebas conllevan. Mientras que se necesitan viviendas en régimen ordinario de alquiler para atender las necesidades habitacionales de la población, algunos pretenden especular con sus inmuebles destinándolos a un arrendamiento turístico totalmente proscrito.

Esta misma confrontación se aprecia también en los diarios locales, que se hacen eco de que los openings de las discotecas generarán en un solo fin de semana 30 millones de euros junto a la noticia que relata que se llegan a pedir 4.800 euros de golpe por alquilar una simple habitación individual en Ibiza. Que la gran mayoría de los nuevos habitantes de Ibiza y Formentera son extranjeros, de esos a los que se les presume posibles más que suficientes para afincarse por estos lares, junto a la enésima noticia de la localización de otro puñado de nuevos inmigrantes llegados en patera, esta vez a la zona de Caló des Mort. Que algunas discotecas califican a esta iniciada temporada veraniega como innovadora y rompedora junto a una noticia que reseña la imposición de diez denuncias por drogas en la jornada de openings en Platja d’en Bossa. Que en Ibiza se ocupan ilícitamente hasta barcos mientras podemos hojear como las obras de quinientas y pico viviendas de Can Escandell destinadas a aliviar la caótica situación del alojamiento se encuentran empantanadas por la aparición de unas previsibles ruinas de valor arqueológico. Que se imponen sanciones urbanísticas a determinadas construcciones ilegales cuando si se inspeccionaran todas y cada una de las existentes probablemente pocas estarían limpias de polvo y paja, o que se ataca a determinadas compañías de transporte privado cuando los otros medios disponibles son insuficientes para atender la enorme demanda existente en estas desdichadas fechas.

Pues nada, demos la bienvenida a los personajes con extravagantes indumentarias que ya pululan por nuestras calles sin pudor alguno. A aquellos que se montan un after en la estación marítima cada amanecer sin importarles la tranquilidad de sus vecinos y usuarios, que salen en modo walking dead de las discotecas sin pararse a pensar que aquí también se vive y que creen que esto no es más que un decorado que se despliega cuando empieza a apretar el calor y se guarda en un frio almacén el resto del año. Recibamos con los brazos abiertos a los patrones de embarcaciones de recreo que se creen expertos navegantes por el mero hecho de disponer de un simple papel guardado en lo más profundo de algún cajón. A los conductores de ciclomotores que se piensan que lo ir en moto, como en bicicleta, no se olvida nunca y, junto a ellos, a los cientos de vehículos de alquiler de esos de pegatina en la luna trasera que llenarán nuestras carreteras pasándose por alto las más elementales normas de circulación y de orientación. Prepárense para pagar 7 euros por estacionar sus vehículos en el parking de salinas y recen para poder poner la toalla en algún recoveco libre de hamacas y sombrillas alquilables por un desorbitado precio que no respeta ni de lejos las condiciones de su concesión.

Mentalícense para soltar por una ración de arroz con cosas en cualquier garito con vistas al mar lo que equivaldría al coste de producir un perol colmado para diez personas. Piensen que vuelve el tráfico, los taxis piratas, las zonas vip, los ladrones de relojes de alta gama, las señoritas de compañía, el balconing, el sexo en público, las locuras al volante y el gas o los polvos de la risa… vamos, ¡una nueva entrega de Jumanji!

Durante sus últimos días de vida el mítico Freddie, que presentaba un delicado estado de salud, encontró en su interior la suficiente fuerza y coraje para grabar en una sola toma la voz del que sería el último sencillo de la banda. Casi sin poder andar bebió un amargo trago de vodka, miró fijamente a Brian May y le soltó aquel famoso «I’ll fucking do it, darling». La canción nunca fue interpretada en directo hasta el concierto homenaje que el resto de integrantes de Queen, con la colaboración de Elton John, ofrecieron el 20 de abril de 1992 en el estadio de Wembley de Londres. Freddie Mercury falleció finalmente el 24 de noviembre de 1.991 pero, como rezaba el título de su primer sencillo, todavía hoy se mantiene vivo entre nosotros. Intenten emularlo durante los próximos meses. Falta hará. Porque un año más, y muy a nuestro pesar, the show must go on.

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