El Espíritu Santo ha obrado con pasmosa celeridad. Con sólo 4 votaciones, los 133 cardenales electores han convenido que el estadounidense Robert Prevost debe ser el sucesor de San Pedro. Se ha cumplido la máxima de que quien entra como Papa al cónclave sale como cardenal. Por mucho que ahora algunos levanten el dedo diciendo «yo ya lo dije», el nombre de Prevost salía con timidez en las quinielas y todos señalaban al triunvirato de Parolin, Tagle y Zuppi.
Tenemos una excesiva tendencia a etiquetarlo todo y medir a las personas en el eje izquierda-derecha. Pero la iglesia está por encima de ello y el cónclave es una democracia cualificada platónica en la que septuagenarios con prolífica formación y exquisita lucidez mental son capaces de superar ese prisma y dejar descolocado a medio mundo con su elección. León XIV es un pontífice difícil de etiquetar, discreto y reacio a los golpes de efecto de su predecesor. No genera aristas en ningún bando y su condición de estadounidense de misión en hispanoamérica le servirá para tener una visión más global de los fieles a los que debe pastorear. Matemático, filósofo y doctor en derecho canónico, cabe espearar un pontificado preciso en el contenido y modesto en las formas. Sin aspavientos ni improvisaciones.
Prevost deberá ser el misionero que siga evangelizando donde Cristo aflora, pero que redoble esfuerzos en un Occidente que ha abandonado a Dios por la vanidad del hombre. Tenemos un pontífice diocesano, que se ha manchado las botas de barro y entiende la iglesia como un refugio de salvación y caridad. No es un diplomático ni un político. Es un Papa del nuevo mundo que, en su primera imagen manteniendo los atributos papales, ha demostrado entender que él es pasajero pero el trono de Pedro es eterno.