El gobierno más puto de nuestra historia democrática se rasga las vestiduras y juega de nuevo con prohibir la prostitución. Así actúan los hipócritas puritanos enemigos de toda pureza, el pedrito que avisa que viene el lobo cuando el lobo es él, la banda que nos confina mientras monta orgías en paradores con dinero púbico, los progres que han soltado con su ley sí o sí a violadores y pederastas a la calle, cobardes cómplices que miran hacia otro lado cuando hay un agresor sexual con poder en su partido.
Pero no es más que una operación de marketing lúbrico, lavado de imagen para sus bajos fondos, maniobra de diversión orquestada por burrócratas mercenarios para virginales votantes, fanáticos de partido que se masturban mentalmente con su líder o rapto de masocas violados con síndrome de Estocolmo.
Entre el político que exige la mordida, el empresario que accede a pagar y la puta que alquila su cuerpo a voluntad, la única que juega limpio es la puta. Tal vez por eso no quieren escucharla.
Existen asociaciones de prostitutas que exigen su regularización, pagar impuestos y cobrar la pensión del estado de bienestar, gravemente amenazado por la delirante sauna sanchista. Alegan además que tal regularización sería un duro golpe contra la trata de blancas y las mafias que esclavizan.
Tal debate asusta a los progres puritanos pero la política muestra un emputecimiento impresionante, algo mucho más escandaloso que cualquier transacción carnal entre adultos libres. Hay ministros y altos cargos que se venden continuamente y secretarios y trepas woke hasta se ofrecen gratis para medrar en la cama del poder de su puto amo, maquillado cual madame. Y tal banda aspira a dictarnos cómo vivir mientras jode a diestra y siniestra.