Merece la pena embarcarse en una tormenta para aligerar las pesadas almas tristes, entonar un aria a la Estrella de los Mares (Carmen, charme, es encanto eterno a son de mar) y reconocer de nuevo el amor a la vida, fascinación erótica, rayo divino que te rescata de las sombras.
Navigare necesse est sentenció el césar de los piratas, Pompeyo, una mañana borrascosa en que había que animar a la tropa que no quería hacerse a la mar. La vida no es necesaria, navegar sí. Tal es el motto de muchos lobos de mar que encuentran el amor empujados por los vientos del deseo, en las playas gozosas de la ondulante y sensual Maimiti (Al Sur del Ecuador no existe el pecado, verdad, Jorge Amado) o enroscados entre los cabos de un ambiguo grumete. Y clamar fáustico: «No he hecho más que recorrer el mundo y coger por los pelos cada uno de mis antojos. He abandonado lo que no me satisfacía; no he retenido lo que se me escapaba».
Se ven demasiadas hormigas cagaprisas durante estos días de cigarras de estío. Tantos quieren hacer negocio, negación del ocio, a costa de cualquier náufrago de corazón cálido que camina desnudo y perdido, soñando encontrar las huellas en la arena de la dulce Nausicaa, salvadora que da todo sin exigir nada. Incluso los que se suponen de vacaciones, van frenéticos.
Festina lente. Recuerdo alegremente como una payesa de genio vivo e inmensa bondad, en carro tirado por caballo, destrozó la luna del coche de un hortera que se atrevía a atronarla con el claxon. La mujer se volvió, tomó una gruesa patata que debía pesar sus buenos dos kilos y la arrojó con tal fuerza y destreza al irrespetuoso conductor, que lo sacó de la calzada. Cuestión de ritmo.