El Parlament balear vive tiempos curiosos: los diputados ya no debaten, actúan. Y en ese escenario, Mercedes Garrido, diputada socialista y miembro de la Mesa, ha decidido especializarse en una disciplina inédita: el hooliganismo institucional. No le hace falta megáfono ni bufanda, solo un catálogo de muecas, insultos y una actitud ofensiva que se aleja de los estándares de la decencia parlamentaria.
Cuando un adversario habla, Garrido no escucha: compite. Su rostro se transforma en un panel luminoso de sarcasmo, incredulidad y desprecio. A veces incluso se aventura con el verbo: su último éxito fue llamar «pocavergonya» a la diputada Marga Durán, en plena intervención. Todo un gesto de cortesía parlamentaria. Lo mismo sucede cuando comparece el director general de IB3 en comisión parlamentaria, Garrido no oculta sus carencias como interlocutora.
Lo paradójico es que Garrido forma parte de la Mesa, esa institución encargada de garantizar el orden y la compostura del debate. Pero claro, ¿qué mejor forma de asegurar el orden que dinamitándolo en directo? La diputada socialista parece convencida de que la educación política es un lujo burgués y que el insulto, debidamente teatralizado, es la nueva forma de disidencia progresista.
Lo suyo no es la palabra: es la provocación con subtítulos. Un show de expresividad desbordada que hace languidecer cualquier debate serio. El problema es que su papel como hooligan de salón degrada no sólo a la oposición, sino a la institución misma.
Porque en el fondo, la política debería ser un deporte de ideas, no un derbi de gestos. Pero a Garrido eso le da igual: mientras otros argumentan, ella anima. Con mueca, con sorna y, sobre todo, con una fe inquebrantable en que el ruido siempre gana a la razón.
Tot un exemple de com la política balear ha confós el Parlament amb un plató de reality. Si fos l’única, encara tindríem esperança.