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Opinión

Millones y suspiros

Varios billetes de 200 y 500 euros | Foto: Alexa/Pixabay

| Ibiza |

Para la cólera y para el amor, todo lo que se aplaza se pierde; para hacer dinero, ni idea si hay que apresurarse o hacer gala de paciencia. Supongo que el tempo será fundamental para cortejar a la fortuna, pues todo en la vida es cuestión de ritmo. Y para defender la filosofía de dolce far niente –que no es exactamente vagancia, aunque la pereza sea reconocida como el capricho de los dioses—, bueno es reconocer que a veces la suerte resulta más importante que el trabajo.

Me vienen tales reflexiones materialistas porque en la lista de millonetis Forbes aparece el tenista Rafa Nadal como uno de los más ricos de España. El hondero mallorquín ha ganado oro a espuertas con su raqueta de tenis y una voluntad titánica. Y las Pitiusas también aparecen en la lista de Creso nacional con dos sagas hoteleras y marineras.

Pero la pasta solo vale cuando sale del bolsillo. Ser rico —como decía el genial Sacha Guitry en Memorias de un Tramposo— no es tener dinero: es gastarlo. El cheque sin fondos es un delito, pero debiera serlo también el fondo sin cheques. El avaro que atesora por el mero placer de acumular, como un celoso dragón que afila sus escamas con el oro, rompe la cadencia de la vida al interrumpir la circulación monetaria. El dinero, por tanto, no es más que energía congelada. Y es más divertido gastar que ahorrar.

Por supuesto también existen los pobres millonarios que pretenden llevarse el oro al otro mundo, como faraones que piensan que sus ahorros les abrirán las puertas del cielo. Prefiero al rico generoso y derrochador, como un amigo culto y libertino que cantaba a bordo de su goleta: «Mi última peseta se irá con mi último suspiro».

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