El sorteo de la Lotería de Navidad de mañana día 22 de diciembre se nos presenta como un día de fiesta, de alegría desbordada ante la lluvia de millones que sacudirá todo el país y obligará a los ciudadanos a parar sus actividades cotidianas para agolparse frente a las administraciones de lotería donde compraron sus décimos premiados para descorchar botellas de cava. Pero la realidad es otra bien distinta: es un gran timo perfectamente engrasado desde el Gobierno. No sólo este, sino todos, por supuesto.
Durante casi seis meses, el Estado impulsa una campaña publicitaria titánica, omnipresente, emocionalmente calculada. No se vende un juego de azar; se vende esperanza, pertenencia, miedo a quedarse fuera. Se machaca a la ciudadanía con historias lacrimógenas, con mensajes subliminales que normalizan el juego y lo presentan como una decisión sensata, casi responsable. Todo muy progresista, muy social, muy edificante. Hasta que uno mira los números.
El negocio para el Gobierno es redondo. Primero, porque recauda miles de millones con la venta de décimos. Segundo, porque cuando alguien tiene la fortuna —remotísima— de cobrar un premio superior a 40.000 euros, Hacienda aparece puntual para quedarse con el 20%. El Estado gana siempre. Juegues o no juegues, toque o no toque, la banca —en este caso pública— no pierde.
Se intenta convencer, y se consigue, de que jugar a la lotería de Navidad es positivo y de que hay una probabilidad razonable de que toque. Es sencillamente falso. Las probabilidades son ínfimas, ridículas, pero eso no se explica. Se habla de «repartir» premios, de «muchos agraciados», de «lluvia de millones», como si no estuviéramos ante una de las mayores operaciones de ilusión estadísticamente infundada del año.
Es una estafa piramidal de manual, blanqueada por la tradición y bendecida por el BOE. Cuantos más participan, más pierden. Y lo más perverso es que incluso quienes somos contrarios a este engaño acabamos cayendo. Yo mismo no me escapo: dos décimos, 40 euros. Mañana, con casi total seguridad, dos pedazos de papel sin ningún valor.
El sistema funciona porque apela a lo emocional, no a lo racional. Porque nadie quiere ser el único que no jugó «por si acaso». Porque el Estado, que debería advertir sobre los riesgos del juego, los estimula sin pudor cuando le conviene, mientras nos machaca al mismo tiempo con los peligros del juego online y de que hay que poner coto a la proliferación de salones de juego. Siempre que no sea el juego que gestiona Loterías y Apuestas del Estado, que entonces es un juego positivo y no es ludopatía.
La lotería de Navidad no es solidaridad, ni cultura popular, ni magia colectiva. Es un negocio gigantesco, extraordinariamente rentable para el Gobierno y extraordinariamente malo para la educación financiera de un país. Hay que decirlo en voz alta, aunque mañana volvamos a mirar el décimo con un hilo absurdo de esperanza. Es más probable que nos parta un rayo.
Professor H`Es una estafa, piramidal, circular, cuadriculada o como la quiras llamar, que mas dará, la banca siempre gana osea el estado y los tontos son los que juegan. Todos entendemos que es 1 entre 100000, no es muy difícil de entender, de ilusión también se vive!!!!