Qué feliz infancia tuve sin telefonino ni pantallas hipnóticas! Hacía escapadas por sierras y playas, buscaba las fuentes y manantiales donde habitan las ninfas, montaba caballos salvajes que se volvían mansos una vez me habían lanzado por los aires, bailaba a la luz de luna, luchaba peleas que descubrían amistades a puñetazos y saltaba a cualquier falucho que quisiera llevarme.
Si me aburría de la pesca, me abandonaban durante horas en Conejera o Vedrá –entonces no estaba prohibido darse un paseo por los islotes pitiusos—con la compañía de un bocata, un tebeo del Capitán Trueno y muy pronto una botella de vino (desde que tengo memoria recuerdo a mis maravillosas abuelas, Angela y Lucía, tiñendo mi agua con vino, incluso algún biberón con un chorrito de coñac y una yema de huevo que me hacía dormir cual bendito exorcizando la fiebre), me enamoraba en eterno presente, lo cual erotiza de por vida, y trepaba a lo Tarzán por cualquier árbol en cuya copa filosofaba a mi manera.
¡Y la literatura que permite vivir mil vidas! Por supuesto que antes que Kafka prefería a Dumas, y antes que Luces de Bohemia al marqués de Bradomín, pero siempre fui contra los delirantes planes oficiales de estudio y así he mantenido la pasión. Las rimas y leyendas de Bécquer, los Machado y Juan Ramón, Dafnis y Chloe, cuentos de Blixen…, lo que hubiera a mi alcance de apetito vital.
Las Pitiusas tienen una naturaleza asombrosa para el niño de cualquier edad, que puede jugar en el paraíso a voluntad, pero esta dependencia yonqui que acusan del móvil y las pantallas asesina el milagro de la infancia y castra la imaginación. Salvaje es el que se salva.