Por primera vez desde que Formentera reclama un senador propio la reivindicación ha llegado al Congreso. Lo ha hecho como propuesta de reforma de la Constitución. No es una tontería. La Carta Magna solo se ha reformado tres veces desde 1978 y, de salir adelante la tramitación, esta sería la cuarta ocasión en la que se procediera a un cambio.
Pero, visto lo visto el martes en el Congreso, no tengo la impresión de que la historia vaya a acabar bien. La Cámara Baja es hoy una especie de manicomio donde cada grupo está instalado en sus particulares mantras. Da igual de qué vaya el debate porque cada diputado que suba al estrado lo hará para decir la suya, sin importar si tiene o no nada que ver con el tema. Es la sensación que tuve al escuchar a los separatistas de Junts y ERC, que aprovecharon el momento para hablar de sus utópicos Países Catalanes e incluir en ellos a estas islas sin consultar si realmente ese es el deseo mayoritario de sus ciudadanos. Spoiler: no. Esta gente se instaló en un «marco mental» desquiciado en 2012 y aún no lo han abandonado.
Significativa fue la intervención del diputado de VOX Jorge Campos que, tras cuestionar para qué necesita un senador Formentera, puso sobre la mesa un punto en el que nadie ha reparado: la catalanización de Ibiza en la Constitución. Algo que, si fuera tan positivo, se hubiera presentado aquí con castanyoles y orelletes. Y eso no ha sucedido.
Sorprendida me quedé al escuchar a la diputada socialista por Ibiza Milena Herrera. Cursi y vacua a partes iguales. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que tener un diputado, fuera del PP o del PSOE, parecía servirnos de algo.
El popular José Vicente Marí Bosó dio la campanada con su discurso. Abstención del PP porque el miedo a que lo del senador acabe como un sainete sanchista está más que justificado. Qué cruz tenemos con esta gente, joder.