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¡Show me the money!

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«Este es el mundo y hay casi seis mil millones de personas en él. Cuando yo era niño eran tres mil. Es difícil seguir el ritmo». Así comienza Jerry Maguire, una exitosa película estadounidense nominada a cinco premios Oscar, estrenada en 1996, dirigida por Cameron Crowe y protagonizada por Tom Cruise, Renée Zellweger y Cuba Gooding, que obtuvo la estatuilla a mejor actor secundario por su interpretación en el papel de Rod Tidwell, un jugador de fútbol americano de segunda categoría que permanece como único cliente del agente Maguire, en su nueva condición de trabajador autónomo, tras haber sido despedido de una prestigiosa empresa de promoción deportiva. Jerry trabajaba 24 horas al día los 7 días de la semana lanzando la carrera de 72 deportistas, pero su vida da un vuelco cuando antepone en su filosofía laboral las personas al dinero y la calidad a la cantidad, debiendo comenzar de cero en su actividad por cuenta propia contando exclusivamente con la ayuda de una secretaria. El cliente solo le pide una cosa para que siga siendo su representante: ¡show me the money!

A través de la evolución laboral de su protagonista, la película refleja la realidad que vive a diario un autónomo en aspectos tan satisfactorios como el crecimiento personal o la madurez emocional que conlleva tomar las riendas de tu propio negocio, pero también muestra los problemas a que se enfrentan, como la merma de reconocimientos, condiciones y medidas con las que cuentan. Es por todos conocido que soportan elevadas cuotas no proporcionales a sus ingresos reales, una excesiva complejidad en los trámites administrativos o la ausencia de una adecuada protección social equiparable a la que gozan los trabajadores asalariados. También que están sometidos a una asfixiante presión fiscal, económica y burocrática, pues no olviden que los más de tres millones de autónomos de nuestro país tienen toda una ristra de obligaciones fiscales que cumplir si quieren operar dentro de la legalidad, entre ellas la de presentar la liquidación del IVA.

Pero miren por dónde, la norma comunitaria destinada precisamente a aliviar la carga fiscal que sufren estos trabajadores, concretamente la Directiva 2020/285, que reformaba el régimen del IVA aplicable a las pequeñas empresas, no ha sido objeto de trasposición a nuestro ordenamiento jurídico interno tras agotarse el amplio plazo de que se disponía para ello, siendo España el único país de la Unión Europea en incumplir esta obligación. La trasposición de la norma habría permitido que pequeñas empresas y autónomos patrios que operan fuera de nuestras fronteras, pero dentro de cualquier país de la Unión Europea, pudieran beneficiarse de un régimen de exención del IVA cuando su volumen de negocios no superara determinados umbrales. Lo contrario sitúa a los trabajadores españoles por cuenta propia en clara desventaja frente a sus competidores europeos.

El incumplimiento recuerda a cuando Jerry Maguire decía en la película aquello de «¿alguna vez has tenido la sensación de que aún no estás completamente avergonzado, pero vislumbras la vergüenza del mañana? Pues eso. Porque la omisión, no pequeña y solo comparable con otras acontecidas en diversas materias, ha dado lugar a que la Comisión Europea haya decidido llevar la cuestión, tras varios apercibimientos, ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Fíjense que si el Estado no ha tenido en todo este tiempo la intención de reconocer la posibilidad de aplicar esta exención a las operaciones realizadas por las pequeñas empresas y autónomos españoles en otros países comunitarios cuando así viene impuesto por una Directiva que constituye una norma jurídica vinculante, imagínense si en algún momento se habrán planteando siquiera remotamente poder llegar a implantar este régimen de franquicia en operaciones que se produzcan dentro de nuestras fronteras aunque éstas no superen una determinada facturación anual. Vaya, que como decía Dorothy, la fiel secretaria de Maguire, «en esta época, un optimismo como ese es un acto revolucionario».

A ver, que no les vendan la moto, porque parece que para sacar adelante el decreto de medidas derivadas de la guerra de Irán existe un compromiso de proceder a la trasposición de la Directiva 2020/285. Vaya, ni más ni menos que a lo que ya se estaba imperativamente obligado antes del 31 de diciembre de 2024. Pero no deben pasar por alto que esta Directiva tan solo viene referida a la exención del IVA en transacciones realizadas por autónomos españoles de carácter transfronterizo, lo que no tiene necesariamente que extenderse a todos los autónomos nacionales por el mero hecho de que facturen menos de 85.000 euros anuales en las operaciones internas que realicen, facultad ésta potestativa del gobierno, que no así una obligación impuesta desde Bruselas. Lamentablemente, todo hace presagiar que a la mayoría de los autónomos les seguirán sangrando, no vaya a ser que el saldo de las arcas públicas sea insuficiente para atender dispendios absurdos como el del aeropuerto de Huesca, que tras 18 años desde su entrada en funcionamiento suma menos pasajeros en toda su historia que Barajas en cuatro horas, concretamente seis durante el mes de enero, pero que ahí sigue bien limpito, iluminado y climatizado.

Ya ven que no solo la Justicia es lenta. También lo son otros poderes que se muestran perezosos cuando se trata de procurar medidas tendentes a facilitar la labor de los empresarios y trabajadores que constituyen el pilar sobre el que se sustenta nuestra economía, mucho más cuando es bastante ágil para adoptar otras de lo más variopintas entre las que destacan aquellas que implican una mayor recaudación o carga administrativa para los siempre sufridos ciudadanos. Como dice mi autónomo hermano mayor, «con lo que se queda Hacienda, Iberdrola, Aqualia, el Ayuntamiento, Telefónica, IBI, seguros, balizas, loterías, circulación, alguna multa, IRPF, IVA y demás mamandurrias, nos están tomando el pelo, pero bien tomado», porque parece que, como Rod Tidwell a Jerry Maguire, también la Agencia Tributaria seguirá diciéndoles al grueso de los autónomos españoles eso de… ¡show me the money!

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