Me fascina esa gente que camina por la calle mirando al suelo. Confieso que yo no soy capaz. Y eso que tengo una tendencia natural a tropezar que va más allá de lo preocupante. Durante los cinco años de carrera en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, tropecé todos y cada uno de los días con la misma baldosa levantada justo al lado de la puerta. Mi amiga Raquel me decía: «Gise, lo tienes que hacer a propósito. Sabes que está ahí, tropiezas cada día con ella». Nos reíamos y al día siguiente yo volvía al «ay, joder, casi me mato con la puta baldosa».
He seguido tropezando con baldosas a lo largo de mi vida. Con algunas lo he hecho solo una vez y he aprendido a sortearlas. Con otras tengo una querencia insana. Vuelvo al «ay, joder, casi me mato con la puta baldosa» una y otra vez. Ya no está Raquel para recordarme que puedo saltar por encima. Pero sí que me digo a mí misma que esas baldosas suelen ser responsabilidad de otro. ¿Problema? Que me callo. Como hacen los ciudadanos cuando tropiezan con baldosas de verdad en la calle. O como hacemos cuando la calle entera aprende a inclinar el cuerpo en el mismo punto.
No suelo mirar al suelo cuando camino. Tampoco miro el móvil. A veces me miro en los escaparates. Un gesto de coquetería aprendido de mi madre. Pero lo que sí miro es al cielo. Nubes, chemtrails, aviones, jets privados, azul, gris, casi negro… Y los edificios. Me encanta mirar fachadas e imaginar vidas en su interior. Hasta que tropiezo con la baldosa y vuelvo a la realidad: la calle está llena de baldosas desafiantes, de mierdas de perro no recogidas, de restos de basura y de manchas a las que ya se puede someter a la prueba del carbono 14.
Por favor, no pasen nunca más de la política. Aunque solo sea por acabar con las baldosas asesinas.