Ni el frío ni la mañana gris lograron frenar la ilusión. Este domingo, los niños y niñas más despistados —o quizá simplemente más previsores— tuvieron todavía la oportunidad de hacer llegar sus cartas a los Reyes Magos en el barrio de La Marina, gracias a una iniciativa impulsada por la asociación de vecinos, con la colaboración de S’Espurna en la organización de talleres infantiles.
La cita tuvo lugar en la Plaça de sa Font, que desde primera hora de la mañana fue ganando color y movimiento pese a las bajas temperaturas. Allí esperaban las simpáticas pajes reales, encargadas de recoger los últimos deseos antes de la llegada anticipada de Sus Majestades de Oriente, prevista para la tarde de este mismo domingo ante la previsión de lluvias.
Abrigos bien cerrados, bufandas ajustadas y manos metidas en los bolsillos no impidieron que un buen número de familias se acercaran hasta el corazón de La Marina para participar en una mañana pensada especialmente para los más pequeños. Algunos llegaron con la carta perfectamente doblada y revisada, otros aprovecharon los talleres creativos en los que participó S’Espurna para terminar de escribir o decorar sus mensajes, entre lápices de colores, pegatinas y mucha imaginación.
«No queríamos que ningún niño se quedara sin entregar su carta», explicaban desde la organización vecinal, satisfecha con la respuesta pese a la sensación térmica baja que se dejaba notar en la plaza. Y es que, aunque el termómetro marcaba valores invernales asumibles para estas fechas, el viento y la humedad añadían un punto extra de frío que convirtió cada abrazo en un pequeño refugio.
Aun así, quienes se acercaron hasta La Marina desafiaron sin dudarlo el frío de la mañana, conscientes de que se trataba de la última oportunidad para hablar directamente con los emisarios reales antes de la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar. La recompensa fue doble: la emoción de entregar la carta en mano y el ambiente festivo que se respiraba en una Vila especialmente tranquila durante las primeras horas del domingo.
Mientras el resto de la ciudad despertaba despacio, a la espera del desfile real y con la mirada puesta en el cielo por la amenaza de lluvia, la Plaça de sa Font se convirtió en un pequeño oasis de alegría infantil. Risas, nervios contenidos y alguna que otra corrección de última hora —«esto no se lo olvides de decir al rey»— marcaron una mañana que, pese al frío, dejó claro que la ilusión sigue siendo el mejor abrigo.