El año 1987 fue un año frenético para Maria Marí, de Can Toni d’en Forn. Tras años al frente del kiosco Es Niu, en Platja d’en Bossa, junto a su marido, Toni de Can Rota, María decidió seguir su intuición y embarcarse en una nueva aventura. Lo hizo junto a su buena amiga Josefa, de Can Pujoletí, con quien levantó un edificio en el Camí des Pou, a pocos metros de la calle de Jaén. Aquel año lo dedicaron casi en exclusiva a la construcción de un espacio que albergaría una tienda y un bar.
Ambas utilizaron las tres primeras letras de sus nombres para bautizar el negocio: Josmar. Sin embargo, apenas unos meses después, María asumió el proyecto en solitario junto a su familia. «Mi hijo José Antonio lleva trabajando aquí desde que tenía 16 años; Carlos, en cambio, se dedicó a otras cosas. Pepita, mi hermana, siempre se ha ocupado de la tienda», explica.
El camino
La zona poco tenía que ver entonces con la imagen actual. María la recuerda como «un camino lleno de polvo hasta que llegaba a la altura del colegio». «Siempre teníamos que estar regando o echando sal gorda para que no se levantara tanto polvo», señala. El asfalto llegaba solo hasta donde hoy está la rotonda al final de la carretera de Jaén y, mientras tanto, se construía el colegio cercano. Aun así, el lugar empezó pronto a convertirse en punto de referencia para los vecinos.
«Al principio iba a ser solo una tienda, pero como donde yo tenía experiencia era tras la barra del kiosco, decidí montar también un pequeño bar junto a la tienda», recuerda. Y añade que desde el inicio mantuvieron plancha y cocina. «Hacíamos platos combinados y alguna cosa más. Venían muchos de los trabajadores que construían el colegio y yo preparaba de todo desde primera hora de la mañana». Con el tiempo, aquella oferta se redujo y la cocina y la plancha se mantienen inactivas hoy en día.
La gente
La clientela inicial fue, sobre todo, la del barrio. «Venía la gente de aquí, que sigue viniendo», explica María. «Entonces los mayores jugaban mucho a las cartas. Hay que pensar que no había club de mayores y todos se juntaban aquí». Josmar fue durante años un espacio de encuentro cotidiano, sin pretensiones, donde el tiempo se medía en cafés, partidas y conversaciones, pero también con música, baile y ‘bunyols’.
A María se le ilumina la cara al recordar una etapa especialmente animada del bar. «Hubo una época en la que todos los sábados venían Marilina o Juan Carlos a tocar el acordeón y hacíamos bailes», cuenta. «También se organizaban xacotes pageses con Soldat, Catalina d’en Puvil o Catalina d’en Vinya y sonadors como Toni d’en Planes o Frit. Esos días yo hacía buñuelos y a la gente le encantaba». Aquella actividad fue desapareciendo con la apertura de los clubs, pero permanece viva en la memoria del local.
Aunque no termina de reconocerse como artista, María dejó una huella personal muy clara en Josmar. Parte de la decoración del bar permanece intacta desde su fundación. Bajorrelieves en la barra, en la escalera que conduce al bajo del edificio, la chimenea del salón o el mural de la fachada fueron realizados por ella misma. «Todo esto lo hice yo», explica con naturalidad, antes de añadir: «Mi oficio verdadero fue siempre el de bordadora».
El bar
Hoy, aunque la tienda funciona bajo el nombre de una franquicia, el bar —comunicado con ella por una puerta— conserva la misma atmósfera del 6 de diciembre de 1987, día en que abrió sus puertas. Es un espacio pequeño, casi en penumbra, con una barra tras la que José Antonio sigue atendiendo con discreción a una clientela fiel. Un arco separa esta zona del salón, donde el tiempo parece haberse detenido.
Memoria
El salón alberga una colección heterogénea que convierte el espacio en una suerte de museo etnográfico a la vez que galería de arte local. Obras de artistas locales como Antònia Graó, Lina Roig o Francisqueta de Can Domingo conviven con herramientas antiguas que María exhibe con orgullo. «Para que se vea el sufrimiento que pasaron nuestros mayores para que nosotros llegáramos donde estamos», explica.
Entre arados, hormas de zapatero, mazas de esparto o una antigua máquina de coser, destaca una pieza muy especial: la que María asegura que fue la primera batidora de cereal de Ibiza. Todo ello comparte espacio con mesas, un futbolín y una mesa de billar, sin jerarquías ni escenografías forzadas.
Sencillez
«Esto es un lugar de paso, de gente trabajadora, sencilla y sin lujos, como nosotros. No donde vendrían influencers ni cosas de esas», comenta María con franqueza. Lo hace antes de que una clienta le mencione un vídeo del bar visto en redes sociales. «Yo no sé quién es esa. Yo, a quien estoy agradecida es a mis clientes de siempre, amigos y proveedores», añade. La reflexión resume bien la distancia entre el mundo digital y un espacio que sigue funcionando con otros códigos.
Los de siempre
Quienes sí saben apreciar el lugar son sus clientes habituales. Conchi lleva «años y años viniendo». Valora la tranquilidad del espacio: «Se está tranquilo para tomar el café y leer el periódico». También destaca la dimensión social del bar: «Siempre te encuentras con alguien». Y subraya que «mantiene la esencia de siempre». Su rutina incluye también la tienda: «Siempre paso a comprar frutos secos o el pan, que es buenísimo».
Pep resume su relación con Josmar sin rodeos: «He venido siempre y ahora que estoy jubilado vengo a diario». Entre los motivos, señala dos claves: «Siempre hay aparcamiento y buena gente». Pep ‘Isidro’ mantiene una costumbre fija: «Cada domingo nos reunimos todos los amigos por la mañana para desayunar tranquilamente». Steffano, por su parte, define el local desde la experiencia diaria: «Cada día vengo por lo menos una vez desde hace mucho tiempo». Y concluye: «Es el bar de los trabajadores que no podemos permitirnos ir a los bares de turistas. Además, este es mucho mejor».