Corría el año 1977 cuando el matrimonio formado por Xicu Planells, de Can Marc, y Catalina Riera, de Can Porxo, emprendió su propio negocio en Santa Gertrudis. Venían de trabajar en la Barbacoa Santa Gertrudis y asumieron la gestión del Restaurante Santa Gertrudis, que pocos años antes había abierto bajo una sociedad de vecinos del pueblo.
«Cualquier reunión o cualquier cosa que implicara al pueblo se celebraba aquí», recuerda Maria. Entre los ejemplos, destaca las fiestas de final de curso del colegio. «Aprovechaban para recaudar fondos para adquirir materiales o cualquier cosa que necesitaran por iniciativa del maestro, Don Miguel». Para ello, su padre habilitaba una sala situada detrás del restaurante. Allí, el alumnado representaba comedias y actuaciones sobre un escenario improvisado con la ayuda de todo el pueblo.
La implicación era total. «Los niños y niñas colocaban las sillas para el público. Bartolo ‘Rafalet’ se encargaba de hacer bunyols. Gastaba un saco de 100 kilos de harina y tenía una técnica con la que los preparaba con la mano y a una velocidad increíble. Unos traían vino, otros comida, y mi padre hacía una gran paella». No había que comprar nada. Incluso colocaron una gran cortina a modo de telón.
El restaurante también acogía otros actos menos festivos. «Cada cierto tiempo venía la Guardia Civil para sellar los permisos de armas a los cazadores», añade Maria.
Cambios
El entorno del centro de Santa Gertrudis ha cambiado de forma radical con el paso de las décadas. «La carretera de Sant Mateu pasaba pegada al restaurante y solíamos colocar sillas delante de la acera para que los coches no aparcaran prácticamente dentro mientras la gente estaba comiendo», explica Maria. Recuerda con humor las dudas iniciales sobre la peatonalización. «Se decía que nadie más iba a venir a Santa Gertrudis porque no podrían aparcar dentro de la terraza del bar».
«Quienes se oponían a la peatonalización no solo se equivocaban, sino que fue un acierto. El pueblo creció más del triple»
El resultado fue el contrario. «No solo se equivocaban, sino que fue un acierto. El pueblo creció más del triple». La transformación culminó a finales de la primera década del siglo XXI. «La inauguración fue un día de Sant Joan. Hicimos macarrons de Sant Joan para todo el mundo, además de bunyols y sangría».
Esencia
Pese a los cambios, la esencia del negocio se ha mantenido. «Seguimos trabajando exactamente de la misma manera. Todo ha cambiado, pero todo sigue igual», explican Maria y su marido, Pep Torres. Él se incorporó al restaurante en 1979. Allí se conocieron y se casaron un año después.
La oferta sigue fiel a sus orígenes. «Montaditos, bocadillos, menús, nuestro café caleta y, sobre todo, las paellas con la misma receta de siempre y elaboradas con fuego de leña». La continuidad familiar también está garantizada. De sus dos hijos, Maria José representa la tercera generación vinculada al negocio.
Los años han traído reformas necesarias. «Se renovaron los baños y la instalación eléctrica. También los muebles y la barra, que era de fórmica y se forró con acero inoxidable». Pero el crecimiento también se mide en cifras. «Donde antes gastábamos cuatro kilos de arroz para hacer paellas, ahora gastamos más de 40», señala la pareja.
Maria recuerda otros episodios que reflejan la función social del restaurante. «Si hacía mal tiempo el día de Reyes, mi padre ofrecía la sala para repartir los regalos sin ensuciar la iglesia. Aquí se ha hecho de todo».
Juegos de cartas
Otro cambio significativo tiene que ver con las costumbres. Las cartas fueron durante años una actividad central. «Antes teníamos por lo menos 20 barajas. Ahora, con una o dos, tenemos de sobra para alguna mesa de veteranos que se juegan el café o la copa al ‘tuti’», explica Pep.
Maria enumera los juegos más habituales. «Se jugaba al ‘burret’, al ‘tuti’ o al ‘cau’. En las fiestas del pueblo se llenaban más de 30 mesas jugando a la ‘manilla’». Era una rutina diaria. «La gente del campo, después de trabajar toda la jornada, venía a tomarse un Veterano o un Terry mientras jugaba hasta la hora de volver a casa», añade Pep.
También existían partidas clandestinas. «Los jueves eran el día del ‘munti’ y del ‘set i mig’ en Santa Gertrudis. Cada día de la semana se celebraban en un pueblo distinto». A veces se organizaban en el propio bar. Otras, en casas particulares. «Había que tener cuidado con la Guardia Civil. Siempre había algún abuelo vigilando para avisar si se acercaba una patrulla», explica Maria.
«En Santa Gertrudis todos los vecinos siempre nos hemos llevado muy bien. Somos todos una gran familia que miramos los unos por los otros». Ese espíritu se refleja en múltiples anécdotas. Pep recuerda una especialmente significativa. «Un día de mucha lluvia los torrentes iban tan llenos que la gente no podía cruzarlos para volver a casa. Esa noche no cerramos. Todo el mundo que no pudo volver se quedó aquí». La coordinación fue inmediata. «Alguien fue en coche a avisar a las familias de que estaban a salvo en el bar».
La colaboración también se extendía al ámbito profesional. «En los años 80 acordamos que cada bar cerraría un día distinto a la semana. Solo en la fiesta del pueblo debíamos abrir todos». La conclusión es clara: «Entre nosotros jamás ha habido competencia ni envidias».
Equipo
El otro pilar del restaurante ha sido su equipo humano. «Siempre hemos tenido empleados de toda la vida», subraya Maria. Cita nombres concretos: Marieta, Maria d’en Vedraner, Maria d’en Palau y su hijo Toni, o Toni d’en Corral. «Todos se jubilaron trabajando con nosotros».
«En un negocio lo más importante es la plantilla. A nosotros siempre nos ha tocado la lotería».
La relación ha ido más allá de lo laboral. «Jamás se ha marchado nadie dando un portazo. Todo lo contrario. Si alguien se ha ido ha sido por sus propios proyectos. Ahora son clientes». Un círculo que se cierra en torno a una idea que se repite a lo largo de los años: el Restaurante Santa Gertrudis como hogar compartido.
Famoso por los montaditos y su carta y ese pedazo de salon con chimenea.