El desmantelamiento este martes de la presunta fiesta ilegal celebrada en la villa de lujo conocida como Casa Paola ha vuelto a poner el foco sobre un problema que, según denuncian los vecinos de Devall sa Serra, se repite verano tras verano. Para quienes residen en este entorno de es Cubells, la intervención policial no supone una excepción sino el último episodio de una situación que aseguran padecer desde hace años y que relacionan con dos propiedades situadas en la misma zona: Casa Paola y Casa Lola.
Los residentes recuerdan que ambas fincas pertenecen a la misma propietaria, Francisca Ordóñez (Paquita Marsan), y sostienen que los perjuicios derivados de las fiestas ilegales se suman a los que ya vienen soportando por la ocupación de Casa Lola. «Claro que nos afectan este tipo de fiestas: tener centenares de personas bebidas y drogadas caminando por los alrededores de tu casa afecta a cualquiera», relata una vecina. «Hay coches aparcados por todos lados y de cualquier manera, bloqueando caminos. Además, dejan una cantidad incontable de suciedad: latas, colillas, plásticos o incluso cagadas humanas rodeadas de papel higiénico usado. Esto es lo que tenemos que encontrarnos de buena mañana cuando llevamos a nuestros tres hijos al colegio de verano», explica con un visible hartazgo por todo lo que están aguantando.
La residente asegura que el volumen de la música es, paradójicamente, el menor de los problemas. «El ruido casi es lo de menos porque cuando la fiesta termina, termina. El problema es que nadie viene después a limpiar todo lo que dejan. Esa basura nos la comemos los vecinos en una zona que cada vez está más deteriorada».
La mujer responsabiliza directamente a la propietaria de ambas fincas. «Todo esto ocurre por culpa de una misma persona: Paquita Marsan, propietaria de Casa Lola, llena de okupas, y de Casa Paola, donde se organizan fiestas cada dos por tres. Ella se lucra impunemente; nosotros, los vecinos, nos fastidiamos».
Otra residente, cuya vivienda se encuentra en el mismo camino de acceso a Casa Paola, asegura que la noche del lunes al martes apenas pudieron descansar.
«Es la misma historia que tenemos que aguantar todos los años. A partir de las cinco de la madrugada empezaron a entrar sin parar furgonetas lanzadera, taxis, coches de Uber... Como el camino es muy estrecho, algunos conductores pitaban y durante un par de horas se formó un embotellamiento importante», explica.
Según relata, su marido incluso tuvo dificultades para salir de casa para acudir a trabajar. «Esta gente convierte el campo en un parque temático. Los turistas no tienen en cuenta que alrededor hay personas descansando y viviendo aquí durante todo el año. No tienen ningún respeto», lamenta.
A ello suma nuevamente la suciedad que, asegura, queda abandonada en los márgenes del camino tras la marcha de los asistentes.
La vecina explica que este verano es la primera vez que se encuentran con una fiesta de estas características durante la noche y reconoce que pensaba que ya no podían celebrarse este tipo de eventos en la finca. Sin embargo, admite que denunciar públicamente la situación no resulta sencillo.
«Otros años han puesto matones en la puerta de la casa y la verdad es que nos da miedo incluso hacer alguna foto para denunciar lo que ocurre. Nunca sabes con qué tipo de gente estás tratando», afirma.
Ese temor también lo comparte otra residente de la zona, que también prefiere mantener el anonimato.
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