El 8 de junio de 2005 se disputó, en el estadio Azadi de Teherán, el encuentro clasificatorio para la Copa del Mundo de Fútbol de Alemania 2006 entre las selecciones nacionales de Irán y Bahréin. El partido, que finalizó con la victoria iraní por un gol a cero, supuso su tercera clasificación para la fase final de una cita mundialista. Pero un grupo de jóvenes mujeres apasionadas del deporte rey no pudo presenciarlo. Fueron arrestadas al intentar acceder al recinto disfrazadas de chicos dada la prohibición legal que recae sobre ellas para presenciar competiciones deportivas masculinas. La justificación no es otra que alejarlas del alto riesgo de violencia y de las palabras soeces e insultos que predominan en estos eventos y que no favorecen la moral ni la buena formación de la personalidad femenina. Mientras comparten celda, el joven soldado que las custodia, que tan solo quiere terminar el servicio militar obligatorio para regresar con su ganado, que no tiene ni idea de fútbol y menos aún del sentido de esta absurda prohibición, les cuenta lo que acontece en el choque e incluso enciende la radio del furgón para que puedan escuchar la retransmisión cuando son conducidas a las oficinas centrales de la brigada antivicio. Con el pitido final, captores y cautivas disfrutan unidos del ambiente festivo que invade las calles de la ciudad demostrando que tan solo son buenas personas que conviven en circunstancias manifiestamente injustas.
Esta es la cruda denuncia social que recoge Offside, una película iraní dirigida por Jafar Panahi en 2006 en la que, sin mostrar ni una sola imagen del encuentro y basándose en la historia real de su hija, se reivindican en tono de comedia los derechos de las mujeres iraníes demostrando una vez más que el cine puede ser, más allá de un mero entretenimiento, un potente motor de transformación social. Sus protagonistas, lejos de amedrentarse por las leyes machistas, totalitarias y absurdas impuestas por el gobierno político y religioso iraní, que convierten a las mujeres en personas de inferior categoría al no poder presenciar eventos deportivos para no quedar expuestas a comportamientos moralmente cuestionables, no se doblegan e intentan burlarlas para dejarlas en «fuera de juego».
Y es que el deporte en general, y el fútbol en particular, desata pasiones y sentimientos de una forma difícilmente igualable. Cuando compite un deportista español o la selección nacional todos olvidamos nuestras diferencias económicas, sociales o ideológicas. Solo tienen que recordar el orgullo que sentimos aquel 11 de julio de 2010 cuando La Roja levantó en Johannesburgo la copa de campeona del mundo de fútbol tras el memorable gol de Iniesta de mi vida. Sin embargo, todavía hoy en día podemos presenciar en nuestro país propuestas torpes y erróneas que no hacen más que generar un debate absurdo sobre cuestiones nimias e irrelevantes cuando las hay de mayor calado e interés para la sociedad. Solo así puede entenderse la ocurrencia de pretender eliminar la práctica del fútbol de los centros escolares a través de la supresión de las canchas existentes en sus patios sobre la cuestionable premisa de que «el fútbol es una práctica deportiva tóxica que genera problemas de convivencia graves», «las peleas de los niños solo pasan en el fútbol, no he visto otro deporte donde haya más hooligans» o que «tradicionalmente, los campos de fútbol ocupan hasta el 80% del patio, ocupando el centro y siendo utilizados mayoritariamente por los niños, mientras que las niñas quedan relegadas a los márgenes». Casi nada.
El fútbol, como cualquier otro deporte, nunca puede ser tomado como pretexto de una supuesta alteración de la convivencia. Tampoco como elemento que fomente la discriminación o la desigualdad entre sexos, mucho menos en los tiempos que corren. Afortunadamente, en nuestro país contamos con deportistas femeninas de primer orden que forman parte de nuestras selecciones nacionales en las más variadas disciplinas federativas. También en el fútbol, donde no debe olvidarse que la selección nacional femenina es la vigente campeona del mundo tras vencer en Sídney al combinado inglés con un gol de la sevillana Olga Cardona, aunque aquel día haya quedado tristemente en el recuerdo por los nada hermosos hechos ocurridos durante el posterior acto de entrega de medallas. Tampoco olvidemos que la barcelonesa Aitana Bonmatí es actualmente la mejor jugadora del mundo, como lo fue años atrás la también catalana Alexia Putellas, convertidas ambas en todo un símbolo que inspira a las nuevas generaciones de jóvenes jugadoras de nuestro país, entre otras, y sin irnos muy lejos, a las del equipo femenino de Futbol Sala del San Pablo, que milita en la segunda división nacional, o a las del Club Deportivo Puig d’en Valls, primer equipo femenino en Ibiza de futbol 11 que compite en la Liga de Mallorca justo cuando Vila ha anunciado la creación de una escuela municipal de fútbol femenino.
Porque no es cuestionable que se quieran crear espacios aptos para la práctica de otros juegos o deportes en los patios de los colegios, aumentar los árboles y la vegetación existente para generar sombras e incluso crear zonas frescas que sirvan para mejorar las condiciones climáticas. Se trata de propuestas acertadas que también deberían pasar por mejorar las condiciones climáticas en el interior de las aulas. Pero no que quiera hacerse demonizando el fútbol como un deporte que incita a la violencia, genera conflicto o es contrario a la igualdad de género. Y es que ya dijo Santiago Cañizares, mítico portero del mejor Valencia Club de Fútbol de la historia, que «donde hay más conflicto es en la política, mucho más que en cualquier deporte», y no por ello se acaba con ella y con quienes la ejercen cuando esa sí es, más últimamente, una actividad tóxica, llena de hooligans y que genera graves problemas de convivencia. Como todo en esta vida, tanto el fútbol como la política no son el problema. Lo es la educación que demuestren quienes lo practican.