Más ligera de equipaje que cuando aterrizó en Barajas, Delcy atravesó la sede de Naciones Unidas para besar a Repelús Sánchez. El presidente de una parte de españoles (lo del muro es idea suya) se parapetaba tras un teléfono móvil, cual vedette que trata de esquivar a la mosca cojonera periodista que le pone la alcachofa en la boca. Pero Delcy insistió y logró que Sánchez, visiblemente incómodo, se irguiera levemente de su poltrona, estampándole un par de besitos que fueron como arrojar el guante para un duelista. Cuidadito, Pedrito, que hay amores que matan, kisses of death. Y de las relaciones de la rosa nostra con el régimen de Maduro hay cataratas que contar, que no solo se va a pudrir la enjoyada Zapaterova, el «principito» para la que hoy es marioneta del césar The Donald.
Luego el presi se largó a charlar a Harvard, donde no sabemos cómo están a efectos de informe PISA, pero fue estupendo escuchar a los estudiantes haciendo preguntas punzantes que desde luego no se estilan en TVE. Le sacaron de sus casillas inquiriendo por la flamante catedrática y el compositor chirimoyo, con la corrupción de su mano derecha y su mano izquierda. Sánchez trató de poner cara de póker y destiló su veneno, pero estaba demudado, con el beso de Delcy todavía abrasando su mejilla. ¡Pero bueno, viajar a USA travestido de némesis de Trump y que no le pregunten por los toros o la paella!
El cerco se estrecha y Repelús, con la excepción de algún masaje televisivo tan mercenario como las saunas familiares, ya no sabe dónde ir para que le aplaudan y escuchen sin rechistar su diarrea verbal. Ya hasta los besos le saben amargos.