Con el calor de junio llega también el cierre para algunos productos frescos de la isla. Es el caso de la patata roja ibicenca, con su característica forma alargada y ese ‘morrito’ rosado inconfundible. Ya quedan pocos sacos. La cosecha termina a principios de julio y no habrá más hasta el próximo año. Es una variedad antigua, muy ligada a la tierra, que se cultiva desde hace generaciones.
Junto a ella, empiezan a verse las judías Contender, una variedad de origen francés pero muy asentada en Ibiza desde hace más de 40 años. Aunque hoy en día muchos prefieren las más finas, aquí se sigue valorando la judía más carnosa, de tamaño medio, que solo hervida con sal, aceite, patata y un poco de bacalao da lugar a uno de esos platos sencillos que saben a casa y a antaño.
En pequeñas cantidades aún aparece alguna judía más antigua, como la de pasta real, que crece en caña y se recolecta a mano, poco a poco. Es difícil encontrarla, pero quienes la cultivan guardan semilla año tras año para que no se pierda.
Empieza también la temporada de la cebolla payesa, de forma plana y sabor más dulce, muy usada en ensaladas de tomate y cebolla. Algunas llegan a pesar más de un kilo. Aún se venden frescas, en manojos, pero en unas semanas empezarán a secarse.
También asoman ya las primeras’ faves blanques’ secas, que se recolectan en primavera, pero se consumen durante todo el verano. Son la base de platos tradicionales, como los que se sirven con pimientos asados por encima, aceite y sal. Se comen a cucharadas, en frío, y forman parte de la memoria de la gastronómica local. No se venden habitualmente en el mercado, y quienes las cultivan guardan su semilla y las cosechan año tras año.
Mientras tanto, los precios empiezan a estabilizarse con la entrada de la temporada. La judía, por ejemplo, ha bajado ya de los más de 12 euros por kilo de hace unas semanas a los 6,90 euros actuales. La cebolla se mantiene entre 1,50 y 1,90 euros el manojo, igual que la convencional, aunque la producción es mucho más limitada.
Los retos, sin embargo, son cada vez mayores. Las plagas, la falta de relevo generacional y los cambios del clima han hecho que muchos productores veteranos se planteen dejarlo. Lo que queda es el empeño por conservar las variedades locales, sembrar para el año siguiente y seguir llenando las mesas de productos con historia.