La jugada política montada por la izquierda para reclamar al Partido Popular que rectifique su abstención y apruebe una reforma constitucional para que Formentera tenga «senador propio» es la última expresión de una estrategia basada en la división permanente, en el establecimiento de cordones sanitarios y en lanzar frentes comunes —casi siempre contra el PP—. La coalición de fuerzas progresistas que hoy acusan al PP de «traición» es la confirmación de una forma de hacer política triste y lamentable, consistente en polarizar hasta el extremo cada debate público, demonizando la posición del rival político, a menudo sin justificación.
Formentera comparte con Ibiza una circunscripción para elegir senador; esa es la realidad desde la Constitución de 1978. La reivindicación territorial —por justa que pueda parecer en abstracto— ha sido utilizada por la izquierda pitiusa como instrumento de desgaste político. Primero, para acorralar al PP; luego para exigir rectificaciones públicas; y ahora para acusar de «ignorar mandatos» o de anteponer intereses nacionales a los de la isla. Pero todo eso es falso porque la modificación constitucional sigue su curso y fue admitida a trámite porque el PP quiso. De no haber querido, hubieran votado en contra y asunto zanjado. Pero la izquierda prefiere seguir haciendo politiquería barata contra el PP, como de costumbre.
Apelan a un agravio histórico, convocan a todos los suyos, por pocos que sean —siempre los mismos—, cargan contra los populares y reclaman una reforma constitucional sin más miramientos. Pero obvian una realidad que desmonta su hiperbólica e histriónica escalada retórica: Formentera ya tiene senador. Es el mismo que representa a Ibiza y nadie en la isla vecina exige romper esa circunscripción con un clamor similar. Nadie en Ibiza plantea tener una circunscripción propia; no se avergüenzan de su hermandad con Formentera. Y esa asimetría en el discurso evidencia que detrás de la reivindicación hay un cálculo político y no una necesidad institucional urgente.
El PP no ha dicho que esté en contra de que Formentera tenga voz propia en el Senado; lo que ha rechazado es el caramelo envuelto en artimañas —tan propias de la izquierda pitiusa— que podría derivar en cambios constitucionales más amplios y otros compromisos indeseados, algo que incluso diputados populares han señalado en el Congreso.
La izquierda debería entender algo elemental: sin la participación y el sí del PP no hay mayoría de tres quintos que permita modificar la Constitución. Atacar, difamar o levantar frentes que caricaturizan al PP como enemigo irreconciliable —tomando a los ciudadanos como imbéciles integrales— no sólo no facilita nada, sino que empuja al propio PP a cerrarse en banda. A mi juicio, es lo que debería hacer. Si Gent per Formentera y PSOE se quejan, que sea con motivos. Esa dirigencia sectaria y flatulenta debería reflexionar sobre si su receta de división constante sirve para algo más que para ensanchar las trincheras ideológicas con las que gustan de sembrar la política en este país.
La política es negociación, y la negociación exige responsabilidad con el texto constitucional, con los equilibrios territoriales y, sobre todo, con la realidad: Formentera no está sin senador, ya tiene representación. El debate no puede ser un instrumento de confrontación permanente. El PP debería responder con firmeza a la provocación, pero también con claridad sobre los límites de una reforma dudosamente necesaria. Ese es el camino para que no sea la izquierda sectaria, con su brújula siempre girada hacia la fractura y la división, la que marque la agenda.
Si ahora mismo existe una posibilidad de que la izquierda sume otro senador por Formentera, que es lo que quieren realmente, para qué nos vamos a engañar, es gracias a que el PP votó a favor de instar a la reforma constitucional en el Parlament balear; y porque se abstuvo en la toma de consideración, de forma que el proceso sigue su curso. Pero es hora de pararles los pies a los legionarios del frente común, que con mentiras y manipulaciones que causan rubor, pretenden dividir a los ciudadanos y criminalizar al PP.
O se retractan públicamente, o que sepan lo que es tener al PP en contra. Y sigan con Juanjo Ferrer de senador, que es lo peor que se les puede desear. No cabe mayor irrelevancia, mayor ineptitud y mayor escarnio. ¿No es lo que votaron? Pues ahí lo tienen. ¡Que les aproveche!
Perpinya, del señor Miguel Jerez no te he oído comentar nada. Y mira que ha sido y es flojo no, lo siguiente. Porque vas a ser un periodista imparcial si eso no da de comer.