Vueltas incesantes, kilómetros en balde y desesperación por doquier. Ésa es la más que probable experiencia para cualquier persona que tenga la ocurrencia de intentar aparcar en el municipio de Ibiza estos días de temporada alta. La situación, ya de por sí, no acostumbra a ser fácil, pero un compendio de factores ha llevado a que encontrar aparcamiento se convierta casi en una odisea para aquellos conductores que tratan de acercarse al paseo de s'Alamera o al recinto amurallado de Dalt Vila una tarde entre semana cualquiera.
En primer lugar hay que tener en cuenta que desde el 2018 los barrios de la Marina y la zona de Dalt Vila se consideran Área de Circulación Restringida (ACIRE). Si bien el Consistorio levantó esta restricción durante la temporada invernal, con la llegada del verano y la afluencia masiva de turistas ésta se volvió a decretar restringida desde el 15 de mayo y hasta el 1 de noviembre para todos los vehículos que no sean autorizados, como residentes de estas zonas, transporte público y de mercancías.
Esto tampoco es nuevo ya que viene sucediendo desde el 2018. Sin embargo, el factor diferencial seguramente tenga que ver con los parkings disuasorios de la ciudad de Ibiza. En primer lugar, el de es Gorg, el más cercano a la zona, ha quedado deshabilitado después del desalojo que emprendió el Consistorio el pasado 7 de julio para comenzar las obras del centro de baja exigencia de es Gorg.
Otro de los aparcamientos disuasorios más comúnmente utilizados para acceder a la ciudad, el de sa Joveria, también está cerrado mediante un gálibo que impide el acceso desde el 11 de julio. Aunque no lo parezca, ambos hechos están directamente relacionados: tras el desalojo del asentamiento de Es Gorg, muchas caravanas y autocaravanas se trasladaron al lugar. Además, esto coincidió con el desalojo de Can Rova, que podría haber incrementado aún más la afluencia de estos caravanistas en el lugar, por lo que se cerró definitivamente el acceso, sin plazos para su reapertura.
Foto: Jéssica López
A esto se suma que el Ayuntamiento emprendió el martes 22 de julio la remodelación del Camí des Calvari, desde la sede de la UIB hasta el párking del Soto. Esta obra, realizada en pleno grueso de la temporada turística y de máxima afluencia de gente en la ciudad, corta el camino que lleva hasta uno de los lugares de estacionamiento más habituales para acercarse a la ciudad amurallada, el del Soto.
Toda esta suma de factores hace que la ciudad apenas cuente con plazas para estacionar. El párking aledaño al parque Reina Sofía apenas cuenta con una cuarentena de plazas, más que cotizadas: hay gente que para en doble fila a la espera de que alguien abandone su lugar. Una espera que puede durar más de media hora si no se tiene suerte. Una plaza se convierte en un difícil trofeo en este lugar.
Las calles aledañas, la Vía Romana y la Vía Púnica, no presentan una situación mucho más favorable: de manera incesante los coches dan vueltas, buscando ese estacionamiento que parece no llegar nunca. Unos metros más arriba, en el carrer de Bes, en la pequeña zona de aparcamiento que hay, no cabe un alma. El camino de regreso hasta la vía Romana hay que hacerlo con el lateral del coche subido al bordillo, porque los vehículos estacionados a la izquierda no permiten el paso completo a través de la angosta callejuela.
Si después de todas estas vueltas y estos nada fructíferos intentos de aparcar no han terminado por desesperar al conductor y dar media vuelta, si éste decide subir a través de la calle Joan Xicó en dirección hacia Ramón Muntaner, ahí si encontrará espacio para aparcar donde muchos otros lo hacen. Pero se enfrenta a un problema: y es que la señalización de la zona específica que ahí no se puede aparcar ni estacionar. Muchos se saltan esa advertencia, hartos quizás de dar vueltas.
Foto: Jéssica López
Una vez se cruza el túnel de Ramón Muntaner, el parking disuasorio de la zona vuelve a ser solo para residentes. A derecha e izquierda se acumulan los vehículos hasta llegar a la antigua residencia militar donde ahí, al fin, hay un lugar donde estacionar de libre acceso, pero ya muy lejos del centro de la ciudad andando, por lo que no sirve como solución en esta ocasión.
A escasos metros, en las calles del Soto, la mayoría de las plazas de parking están limitadas con cuerdas que prohíben su acceso. Del interior de sus viviendas, el perfil que sale se combina entre aquellos residentes que todavía quedan con esos turistas que disfrutan de una vivienda vacacional con un lugar en el que aparcar en la puerta de casa.
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